lunes, 7 de agosto de 2017

Marguerite Duras: sobre el matrimonio

"Aunque me presté a la comedia del matrimonio, nunca acepté sin el aullido interior del rechazo. Nunca". Rápidamente, el matrimonio engendra una desesperante monotonía. Además, priva a la mujer de una libertad que el hombre descubre en otra parte, sin correr el riesgo de la reprobación: "No creo que para el hombre la infidelidad sea nunca tan grave". Más que él, destinada por los siglos al cuidado del hogar, la mujer se ve privada de la facultad de sus elecciones. Se la quiere dominada. Se decide por ella, y ella obedece. Esto es lo que Marguerite Duras llama "la línea recta de la vida de todas las mujeres": "Me pregunto cómo soporté tanta amabilidad, tanta solicitud, cómo me quedé allí, con ellos, sin huir jamás. Cómo no morí. Todas las vacaciones con ellos, el mismo hombre, los mismos hombres, todos los veranos, las noches de verano, con ellos, el mismo, los mismos, el amor, los viajes, el sueño, la música, durante años y años encerrada con el mismo, los mismos". Ni la tolerancia que pone al hombre a resguardo ni la resignación de la mujer impiden que la pareja sea otra cosa más que aplastamiento, encierro, "fin de la aventura individual de cualquier orden", sitio paradójico de la separación y el aislamiento. "Cuando se habla de gente sola, es también allí, en esas parejas donde se la encuentra. En ellas se hace el amor el sábado a la tarde. Ya no se tiene deseo mutuo sino un profundo afecto. Se sueña cada noche con un nuevo amor. Con un nuevo deseo. El sueño se torna culpable de traición. La traición es lo más verdadero que queda en el amor". La pareja refuerza el desgaste infligido por el tiempo que pasa y se expone inevitablemente a la "espantosa decadencia del deseo que muere y que ninguna fuerza en el mundo, por gigantesca que fuere, puede hacer revivir en el espacio de una mirada". Por eso trata de obrar con astucia, imponer silencio, por todos los medios, a ese "rumor conyugal lento cansado cotidiano". Las frecuentes peleas, traicionan las vicisitudes del matrimonio, pero también son una manera de reanimar el amor: "En cada una de sus peleas creen que es la última. Desde hace años. Pero cuando se los ve juntos, incluso la primera vez, parecen eternos".
Así, pues, queda entendido que el amor necesita sorpresas y accidentes, dudas y alarmas, una incomodidad constante para que no se empantane jamás en una tibieza demasiado tranquilizadora, demasiado amenazadora.
"¿Acaso uno está obligado a amar las mismas cosas siempre porque una vez en su vida las amó?"
"Si a ti sólo te gusta hacer el amor con un solo hombre, entonces es porque no te gusta hacer el amor".
"La fidelidad forzada, intolerable, sería el precio de un amor que no se quiere abandonar, y que se volverá tanto más estimado cuanto más deseo se le haya sacrificado".
"La pasión, donde quiera que se la ubique, lleva en sí misma los indicios de su propio agotamiento; es, al mismo tiempo, necesidad e imposibilidad".
Se adivina que cada uno seguirá soñando de noche con otra mujer, con otro hombre, sabiendo bien que nada puede compensar "la novedad del deseo y del mundo".
 
 
Christiane Blot-Labarrère: Marguerite Duras, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1994.
Resumen de las pp 88-96.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Susy Shock: Yo, monstruo mío

 
…Yo, pobre mortal,
 equidistante de todo
 yo D.N.I: 20.598.061
 yo primer hijo de la madre que después fui
 yo vieja alumna
 de esta escuela de los suplicios
 
Amazona de mi deseo
 Yo, perra en celo de mi sueño rojo
 
Yo, reinvindico mi derecho a ser un monstruo
 ni varón ni mujer
 ni XXI ni H2o
 
yo monstruo de mi deseo
 carne de cada una de mis pinceladas
 lienzo azul de mi cuerpo
 pintora de mi andar
 no quiero más títulos que cargar
 no quiero más cargos ni casilleros a donde encajar
 ni el nombre justo que me reserve ninguna Ciencia
 
Yo mariposa ajena a la modernidad
 a la posmodernidad
 a la normalidad
 Oblicua
 Vizca
 Silvestre
 Artesanal
 
Poeta de la barbarie
 con el humus de mi cantar
 con el arco iris de mi cantar
 con mi aleteo:
 
Reinvindico: mi derecho a ser un monstruo
 que otros sean lo Normal
 El Vaticano normal
 El Credo en dios y la virgísima Normal
 y los pastores y los rebaños de lo Normal
 el Honorable Congreso de las leyes de lo Normal
 el viejo Larrouse de lo Normal
 
Yo solo llevo la prendas de mis cerillas
 el rostro de mi mirar
 el tacto de lo escuchado y el gesto avispa del besar
 y tendré una teta obscena de la luna mas perra en mi cintura
 y el pene erecto de las guarritas alondras
 y 7 lunares
 77 lunares
 qué digo: 777 lunares de mi endiablada señal de Crear
 
mi bella monstruosidad
 mi ejercicio de inventora
 de ramera de las torcazas
 mi ser yo entre tanto parecido
 entre tanto domesticado
 entre tanto metido “de los pelos” en algo
 otro nuevo título que cargar
 baño: de ¿Damas? o ¿Caballeros?
 o nuevos rincones para inventar
 
Yo: trans…pirada
 mojada nauseabunda germen de la aurora encantada
 la que no pide más permiso
 y está rabiosa de luces mayas
 luces épicas
 luces parias
 Menstruales Marlenes bizarras
 sin Biblias
 sin tablas
 sin geografías
 sin nada
 solo mi derecho vital a ser un monstruo
 o como me llame
 o como me salga
 como me pueda el deseo y la fuckin ganas
 
mi derecho a explorarme
 a reinventarme
 hacer de mi mutar mi noble ejercicio
 veranearme otoñarme invernarme:
 las hormonas
 las ideas
 las cachas
 y todo el alma!!!!!!… amén.
 
Susy Shock: Artista trans sudaca
 De "Poemario Trans Pirado"


lunes, 10 de julio de 2017

Isadora Duncan: Mi vida

Pasaba días y noches en el estudio, buscando aquella danza que pudiera ser la divina expresión del espíritu humano a través del movimiento corporal.
Al fin, descubrí el resorte central de todo movimiento, el cráter de la potencia creadora, la unidad de donde nace toda clase de movimientos, el espejo de visión para la creación de la danza. De este descubrimiento nació la teoría en la que fundé mi escuela. Busqué el manantial de la expresión espiritual para encauzarlo en los canales del cuerpo, inundándolo de una luz vibrante; la fuerza centrífuga que reflejaba la visión del espíritu. Al cabo de muchos meses, cuando había aprendido ya a reunir todas mis fuerzas en ese centro, me di cuenta de que, según escuchaba yo la música, las vibraciones de esta música afluían al manantial único de luz que había dentro de mí, y que en este manantial se reflejaban en una visión espiritual. No era un espejo del cerebro, sino del alma, y según fuera la visión reflejada podía yo expresar en forma de baile las vibraciones musicales.
Me parecía difícil explicar todo esto con palabras; pero cuando me hallaba en clase ante los niños más pequeños y pobres, les decía: "Escuchad la música con vuestra alma, y ahora, mientras escucháis, ¿no sentís dentro de vosotros mismos a un ser interior que se despierta y que os hace levantar la cabeza, elevar los brazos y marchar lentamente hacia la luz?" Y todos me comprendían.
A partir de esta primera lección, el niño más pequeño comprendía que todos sus movimientos y que sus andares mismos poseían una fuerza espiritual que no existen en los movimientos nacidos del ser físico o creados por el cerebro.
 
Isadora Duncan: Mi vida, Editorial Losada, Buenos Aires, 1996, p 67.

martes, 4 de julio de 2017

Violette Leduc: "Mi madre nunca me dio la mano"

-Su infancia desdichada empieza a hartarme, me dijo un día Maurice Sachs. Esta tarde, usted va a agarrar su canasto, un cuaderno y una lapicera, se va a sentar bajo un manzano y va a escribir lo que me cuenta.
Leerá lo que he escrito y dirá que no vale nada, me dije.
Sentada bajo un manzano cargado de manzanas verdes y rosas, mojé la pluma en el tintero y sin pensar en nada, escribí la primera frase de L'Asphyxie: "Mi madre nunca me dio la mano".
Ligera, con la ligereza de Maurice, la pluma no pesaba. Continué con la despreocupación y la facilidad de una barca empujada por el viento. Inocencia de un comienzo. "Cuente su infancia al papel". La contaba. Me interrumpían los furores del pavo real sobre el pasto y sus cloqueos metálicos. El pavo real se calmaba y mi pluma descansaba bajo la carrera de dos mariposas que se perseguían. Los pájaros se callaban de golpe cuando mojaba la lapicera: el placer de prever que mi abuela iba a renacer, que la echaría al mundo, el placer de prever que sería la creadora de la que adoraba. Escribir... Me parecía superfluo cuando me acordaba de mi dulzura hacia ella y de su dulzura hacia mí. Escribía para obedecer a Maurice. Temo la humedad. Dejé de escribir cuando el pasto me mojó la pollera.
A la noche mostré mi deber a Maurice. Mientras leía, yo esperaba la buena o la mala nota.
-Mi querida Violette, usted tiene que seguir, me dijo.
 
Violette Leduc: La bastarda, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1966, con prólogo de Simone de Beauvoir y traducción de María Helena Santillán, p 412.


sábado, 17 de junio de 2017

Otro mundo

Magalí juega todo el día en la vereda. Juega con su hermanito y con la gente que pasa caminando junto a su casa. A veces, alguien le sonríe y le da un caramelo. El policía que cuida la cuadra se ofrece para atarle los cordones o sostenerle la otra punta de la soga para que ella salte.
Se despierta con el sol en la cara y el pis que le hace cosquillas debajo del ombligo. Se levanta de un salto y corre en piyama a hacer pis antes de que suceda el accidente que tanto enoja a su mamá. Porque hay noches en que ella tiene miedo o hace frío o escucha algún ruido fuerte que la sobresalta y no logra aguantarse. Su mamá se enoja y hay que poner el colchón a secar al sol. Pero el olor no se va con nada y ese es un castigo peor que el reto: acostarse cada noche y sentir el tufo intenso del amoníaco en su nariz de princesa, y no poder decírselo a la madre, no poder quejarse, porque la madre ya le dijo que no se haga la fina, que la que nació para sirvienta no puede aspirar a reina.
Magalí no entiende todavía las ironías de su madre, pero siente el sentido burlón y humillante con que se lo dice, lo siente como un dolor en la panza, entonces esconde la mirada que se le hace agua y corre otra vez a jugar. Así se olvida de su tristeza, jugando, riendo, saltando, mientras abre golosa un caramelo o salta a la soga que le sostienen su hermanito y el policía.
Un día se alejó un poco más de lo debido: llegó hasta la esquina y dobló por la calle que cruza. Quería ver más allá de su territorio conocido. La gente pasaba caminando muy rápido junto a ella y sin querer la empujaban o la chocaban. La calle que cruza sube en cuesta, y los coches que pasaban por allí hacían un gran esfuerzo por llegar hasta arriba. Magalí caminó despacio, mirando para todos lados, grabando en su retina ese mundo nuevo de casas y edificios, de gentes y autos que la rodeaban, hasta que de lejos escuchó que la llamaban. Era el policía junto a su mamá. Ella la miraba enojada.
La madre siempre parecía estar enojada con ella, porque Magalí no cumplía con lo que se le pedía. Desobedecía las órdenes, haciendo lío, desapareciendo de golpe. La vida limitada a esa cuadra la aburría y a veces hasta la asfixiaba. Había otro mundo más allá de esa vereda y ella se esforzaba pensando alguna estrategia para poder escapar sin que se dieran cuenta.
Una mañana bien temprano, con la primera claridad, mucho antes de que saliera el sol, Magalí se despertó toda mojada: había tenido un sueño feo. Se apresuró a cambiarse la ropa para poder meterse de nuevo en la cama, en el medio, entre mamá y papá. Pero ya estaba allí su hermanito y no había lugar para ella; sólo quedaba libre la parte húmeda del colchón. Se sintió triste de repente y sin poder evitarlo se puso a llorar, pero sin lamentos, sólo las lágrimas ardiéndole sobre las mejillas rojas. Nadie despertó. Se secó la cara con las manos, buscó entre las cosas desparramadas en el suelo su bolsito de Mickey y se fue alejando en puntas de pie.
No había ni un alma en la vereda a esa hora. Todavía no había llegado el policía. Se puso a caminar y caminó varias cuadras, hasta que un auto paró junto a ella y desde adentro se escuchó una voz que le ofrecía caramelos. Pensó que era su oportunidad de salir de allí, de esa vereda tan transitada, de ese colchón lleno de pulgas y con olor a pis, de su madre siempre enojada y de su padre ausente. Sólo le dio pena que no iba a volver a ver a su hermanito.
Cuando la madre despertó y sintió otra vez el colchón mojado, insultó a Magalí entre dientes y empezó a buscarla con la mirada, pero sólo vio al pequeño y a su marido que aún dormían, y los cartones y las botellas vacías, y las galletitas a medio comer, húmedas, sobre las baldosas rotas, y los perros durmiendo en la punta del colchón, y la gente que caminaba apurada para su trabajo, pasando rápido junto a ellos, esquivando los bártulos, indiferente a esa escena familiar casi obscena, allí, a la vista de todos, en la vereda con techo, la recova de otros tiempos mejores, cuando se fundaba una nación. Y desesperada empezaba a gritar su nombre, Magalí, mientras el policía, en la esquina, sin escuchar aún los gritos, charlaba despreocupado con el vendedor de diarios.
Valeria Buono
Publicado en la Antología "Hilos, tramas y sombras", de cuentos, relatos y poesías, de los talleres literarios Tato Bores, Sebastián Piana y Parque Avellaneda, coordinados por Julio Diaco, Buenos Aires, 2016, p 71.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Apunten!



-Apunten- dijo el oficial
y las madres siguieron caminando
el miedo volaba como un pájaro de carroña en la tarde
y los uniformados apuntaron sus armas
rodearon a las madres con pasos de lagarto.
-Apunten- dijo el oficial.
Y ellas gritaron:
-¡Fuego!-

Pedro Orgambide: Cantares de las Madres de Plaza de Mayo,
Editorial Tierra del Fuego, México, 1983, p 51.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Cantata a Buenos Aires


Cómo no hablar de Buenos Aires
si es una forma de saber quién soy.
Si es la única ciudad donde se puede
estacionar el corazón a toda hora,
cruzar el sol de contramano y, en un baldío,
ver un show de grúa y topadora.
Una ciudad donde siempre hay un lugar abierto
y en cada bar, una mesa donde arreglan el mundo
los que quedaron despiertos.
Una ciudad donde todos opinan
si hasta se forma una selección en cada esquina.
Cómo no hablar de Buenos Aires
si es una forma de saber quién soy

Buenos Aires,
donde quiera que te nombre una canción
nace un bache
y en el medio del asfalto hay una flor.
Yo te encuentro
apretando en un zaguán el metejón,
a la vuelta de un nostálgico salón,
tras un baile de disfraz,
típica y jazz, pálido adiós.
Y una luna que se pinta para entrar
por el balcón.

Una ciudad que se cuelga
en los ojos de los que van llegando
y se hace nudo en el alma de los que la van dejando.
Que tiene tanto como tanto le pidan:
angustia, soledad, piedad y cuento,
un carnet de coqueta y los mil y un inventos.
Una farmacia de turno el 24 a la noche,
una pareja en coche,
un domingo flaco y porteño,
dos plateas para el cielo atendido por su dueño.
Un buzón, un balcón
y una escalera para subirse a un sueño.
Cómo no hablar de Buenos Aires
si es una forma de saber quién soy.

Buenos Aires,
una estrella va subiendo a un tobogán.
Piedra libre,
para un tango de Cadícamo y Cobián.
Yo te encuentro
en el tránsito infernal de una estación,
en la breve intimidad de un ascensor
compartiendo la emoción
por la final de un Nacional,
muzzarella de cemento y bodegón,
tu corazón, ¡Tu corazón!

"Cantata a Buenos Aires"
Letra y Música: Chico Novarro

lunes, 17 de octubre de 2016

Eduardo Dalter: Furgón de carga


En el oscuro furgón de carga,
repleto
de bicicletas y triciclos,
viajan
los cansados y los desolados
del tren.
Hablan a media lengua, en
un lunfardo
duro, en voz alta, mientras
sube
un espeso olor a yerba, que
comparten
pero en el fondo, reina el
vacío
que el país de estos años
inventó.
Hay momentos en que crece
el silencio,
que se hace de piedra en los
rostros
mientras las estaciones van
pasando
y es como si todos dijeran
algo
íntimo y muy triste a la vez
que nadie escucha.

Eduardo Dalter (Buenos Aires, 1947)

martes, 11 de octubre de 2016

Y aún así... Yo me levanto!

Tú puedes escribirme en la historia
con tus amargas, torcidas mentiras,
puedes aventarme al fango
y aún así, como el polvo… me levanto.

¿Mi descaro te molesta?
¿Porqué estás ahí quieto, apesadumbrado?
Porque camino
como si fuera dueña de pozos petroleros
bombeando en la sala de mi casa…

Como lunas y como soles,
con la certeza de las mareas,
como las esperanzas brincando alto,
así… yo me levanto.

¿Me quieres ver destrozada?
cabeza gacha y ojos bajos,
hombros caídos como lágrimas,
debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende?
No lo tomes tan a pecho.
Porque yo río como si tuviera minas de oro
excavándose en el mismo patio de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio,
y aún así, como el aire, me levanto.

¿Mi sensualidad te molesta?
¿Surge como una sorpresa
que yo baile como si tuviera diamantes
ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de vergüenza de la historia
yo me levanto
desde el pasado enraizado en dolor
yo me levanto
soy un negro océano, amplio e inquieto,
manando
me extiendo, sobre la marea,
dejando atrás noches de temor, de terror,
me levanto,
a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindado los regalos legados por mis ancestros.
Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto.

Maya Angelou, 
nació el 4 de abril 1928, 
y murió el 28 de mayo 2014, 
con la luna negra.
Nació en Saint Louis, Missouri, Estados Unidos, con el nombre de Marguerite Johnson. 
Fue una de las más grandes voces de la literatura contemporánea. Autora, poeta, historiadora, educadora, novelista, cantante, actriz, y activista civil por los derechos humanos. Poco antes de morir fue entrevistada y le preguntaron cómo vivía la situación de envejecer. Allí, delante de las cámaras, dijo que era "emocionante".

miércoles, 5 de octubre de 2016

Poema de Alejandro Almeida

Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre,
porque para vos los tres seguimos en él,
si me sorprende lejos de tus caricias
que tanto me hacen falta,
si la muerte me abrazara fuerte
como recompensa por haber querido la libertad,
y tus abrazos entonces sólo envuelven recuerdos,
llantos y consejos que no quise seguir,
quisiera decirte mamá que parte de lo que fui
lo vas a encontrar en mis compañeros.
La cita de control, la última, se la llevaron ellos,
los caídos, nuestros caídos, 
mi control, nuestro control está en el cielo,
y nos está esperando.
Si la muerte me sorprende
de esta forma tan amarga, pero honesta,
si no me da tiempo a un último grito
desesperado y sincero,
dejaré el aliento el último aliento,
para decir te quiero.

Alejandro Almeida, detenido-desaparecido en la última dictadura cívico-militar. Tenía 20 años.